 Ha pasado mucho tiempo desde que Monchi colgara sus guantes. No podía imaginar el de San Fernando que tras su marcha la portería sevillista se iba a quedar sin guardametas oriundos del Sevilla Atlético durante casi una década. Así ha sido. Afortunadamente, nueve campañas después de que el actual director deportivo se retirara, vuelven a engrosarse las filas del primer equipo con un cancerbero del filial. Hablamos, obviamente, de Javi Varas, un chaval de 25 años que rezuma sevillismo por los cuatro costados.
Nervionense de cuna, Varas se ha trabajado al máximo esta oportunidad que le brinda ahora el fútbol. A los nueve años ya era socio. Veía el fútbol en Gol Sur y cuando se hizo adolescente trasladó su abono a Gol Norte. Le encantaba seguir a su equipo desde la grada que late con mayor intensidad en el Ramón Sánchez Pizjuán, como un biri más. Desarrolló su carrera en el Nervión y cuando le ofrecieron poner sus manoplas al servicio del Sevilla no lo dudó un instante.
Ahora es un miembro más de la primera plantilla, aunque no pierde la humildad que le caracteriza. Fiel a su barrio, es socio de la Peña Sevillista Pablo Blanco de Pino Montano. Sigue idolatrando a Unzue, su referente, y espera superar en lo venidero sus momentos más emocionantes como futbolista: la tanda de penaltis de Pontevedra y el ascenso con el Sevilla Atlético. Javi Varas es una bella realidad sevillista en todo su esplendor y sobre todo un futbolista necesario que por fin subsana una vieja asignatura pendiente de los escalafones inferiores con el primer equipo.
En estos nueve años de sequía, han defendido el arco de Nervión numerosos metas, la mayoría españoles, ninguno de ellos procedente de la Carretera de Utrera. Pero esto no fue siempre así. En los años noventa el embajador de la cantera sevillista en el marco fue Monchi. Desde 1990 hasta 1999, atajó para el Sevilla, aunque le costó gozar de la titularidad debido a que padeció el gran estado de forma de Unzúe. Superó, evidentemente, el centenar de partidos.
Desde los años sesenta hasta los ochenta, la portería sevillista fue cubierta constantemente por jugadores procedentes de la cantera. Entre 1964 y 1974 Rodri se consolidó bajo palos. Disputó 138 partidos, siendo a día de hoy, el portero canterano que más partidos acumula en Primera. Desde 1967 hasta 1972 Bonilla también tuvo sus momentos de gloria. Luego sería Paco quien recogiera el testigo desde 1972 hasta 1985, jugando un total de 115 partidos, viéndose eclipsada su figura por el emergente Buyo.
Fueron tres décadas en las que la portería del Sevilla no estuvo huérfana de arqueros procedentes del filial. Además de los mencionados anteriormente, hubo otros cancerberos que no jugaron tantos partidos pero que también formaron parte del equipo. Jugadores como Carmelo, Guerrero, Otero, Jaime o Manuel Jesús.
Sin embargo, en la década de los cuarenta y cincuenta, los metas de la casa contaron muy poco, tónica diferente a la experimentada en los año veinte y treinta. Eizaguirre jugó 41 partidos entre 1925 y 1936, siendo de lo mejorcito que se ha visto por estas tierras bajo palos. Guillamón ocupó la portería en 40 ocasiones desde 1931 hasta 1941. Otros cancerberos importantes fueron Luis, con 28 encuentros, y Campos, con 5, entre 1940 y 1942.
La cantera sevillista ha proporcionado en la última década muchos jugadores de enorme calidad, pero en la mayoría de los casos hombres de campo, nunca porteros. Por fin ha llegado Varas, que goza de toda la confianza de Manolo Jiménez. El técnico sevillista conoce perfectamente al canterano, pues ya lo tuvo en el Sevilla Atlético cuando subió a Segunda y, teniendo en cuenta que el conjunto nervionense participará en tres competiciones, seguro que disfrutará de minutos.
Llega la hora de la verdad para Varas. Oportunidades le van a llegar y ahora sólo está por ver si será capaz de aprovecharlas. Por lo pronto, estar en el primer equipo es un premio a muchos años de esfuerzo y sacrificio que han servido para encandilar a Manolo Jiménez. El sueño de Varas, en cierto modo, es el sueño de todo el sevillismo, que anhela tener a un oriundo de Nervión velando por la seguridad de la madera del Decano hispalense.
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